Pon un nórdico en tu…

 Pon un nórdico en tu… cama vida

 

La vida de la familia Wadlow continúa de forma tranquila, sin sobresaltos…

 

—Chiss, no levantes la voz, Peter.

—Repito, buenas tardes —lo oigo decir ahora en un susurro.

Me giro por un segundo y le hago un gesto para que se acerque.

—¿Qué pasa, Norbert?

Me palmea la espalda y le correspondo sin apartar la vista de mi punto de atención. Estamos en el salón, pegados a una de las puertas de cristal, he echado la cortina un poco a un lado, lo suficiente para no delatar mi presencia.

—¿Qué ves? —le pregunto a mi sobrino, al que noto extrañado por mi comportamiento y por el saludo tan frío que le he dado. Junta su cabeza más a la mía y observa el exterior por el escaso espacio de visión que hay.

—Pues veo el jardín y… —Se aparta—. Si esto es una indirecta por el destrozo que hizo Diane el otro día, ya os dije que yo lo pago todo.

—¿Pero qué tonterías estás diciendo? Ni mucho menos, fue un accidente doméstico. Eso de fuera tiene arreglo fácil.

—Ya, como el coche —apostilla con gesto serio y yo asiento con resignación.

Tiene razón, el coche de mi padre aún sigue en el taller. No solo fue el piloto roto, sino el golpe en el parachoques delantero y algo más del bajo… Una pieza que están esperando y que al ser un modelo de Mercedes que ya no está a la venta, un clásico como dirían algunos, no sabe cuándo estará listo. Él no le ha dicho nada a Diane porque la adora, pero dudo mucho que vuelve a darle las llaves para que lo conduzca otra vez.

Bueno, que me distraigo de lo importante.

—Peter, fíjate y dime qué ves, la verdad.

Me desplazo a un lado y le cedo mi sitio. Observa.

—Muy interesante. —Me envaro—. Veo a mi tía con un hombre.

Conste que amo a mi esposa con toda mi alma, que no desconfío de ella y, sobre todo, que no soy celoso… Quizás un poco, vale. Pero, veamos, es una mujer bellísima, con unos sentimientos más bellos todavía, solo cuido que no se le acerque nadie con malas intenciones; normal, ¿no?

—¿Y qué hacen? —mascullo la pregunta. Tanta parquedad por su parte me está matando.

Me observa por un segundo y una sonrisa se empieza a formar en su cara. Imagino lo que está pensando, pues se va a enterar.

—Dime, ¿conoces al profesor que está enseñando a tu novia a conducir? ¿Sabes si es joven, de bien ver…? Porque pasan mucho tiempo juntos en un coche pequeño, quizás haya algún roce entre ellos cuando él le corrija alguna postura de…

—¡Ya! Te he entendido perfectamente, joder —protesta con genio.

Sí, lo admito, ha sido un golpe bajo, pero ya no tiene esa sonrisita irónica de hace un momento.

—Pues eso, ¿qué hacen? —le insisto y señalo con el dedo al exterior.

Refunfuña algo en su idioma, a saber.

—Pues están mirando un libro y hablan.

—Debe de ser el catálogo de figuras de piedra —teorizo—. ¿Y qué más? ¿No notas nada raro?

Después de un minuto o más callado, se aparta y me encara con los brazos cruzados sobre el pecho.

—No veo nada extraño. Dos personas hablando, de pie, en el jardín… —Veo que entrecierra los ojos—. ¿Quién es él?

—Supongo que el jardinero. —Vuelvo a teorizar.

—He visto la furgoneta del vivero aparcada en la puerta.

—Por eso lo digo. Hace un rato que he llegado, tu tía no sabe que estoy aquí…

—Espiando.

—Eso es muy discutible —me defiendo, aunque no le falta razón.

Doy unos pasos y me apoyo en el cabecero de uno de los sofás. Soy patético, lo sé.

—Solo observaba y quería saber tu opinión. Mírame, estoy tranquilo —le digo mientras relajo la postura y cruzo los brazos sobre el pecho.

Peter descorre un poco la cortina y veo que endurece el rostro, del que solo percibo su perfil, pues mira fijamente hacia fuera.

—¡¿Pero qué demonios están haciendo?! —comenta con horror.

No corro, vuelo hacia él y lo aparto bruscamente, que da un traspiés. Pamela está de espaldas a nosotros y el jardinero, un tío alto, de anchas espaldas, con las mangas de la camiseta enrolladas y mostrando bíceps, se percata de nuestro movimiento y me mira fijamente. Inmediatamente retrocedo un paso, descubierto.

—Así que estás tranquilo, eh.

Señalo con un dedo amenazador a mi sobrino y cuando voy a contestarle, habla él:

—Vamos a sentarnos como hombres civilizados que somos, ¿de acuerdo? No sé por qué estás así —me comenta en un tono apaciguador que me está poniendo más nervioso, mientras me echa un brazo por los hombros y nos dirigimos a uno de los sofás—. Mi tía te ama, ¿acaso lo dudas?

—¡Claro que no dudo de ella! Es solo que…

—¿Habéis discutido? —me interrumpe.

No tengo ni que pensarlo.

—Tu tía y yo no discutimos. Si en algo no coincidimos, dialogamos y llegamos a un acuerdo —contesto con convicción; además, es la verdad.

Peter, sentado en el filo de la mesa central, se inclina hacia mí con los brazos reposando en sus piernas.

—Eso está muy bien, todo hay que hablarlo, no dar lugar a malos entendidos. Ya sabes que la comunicación en una pareja es crucial para que todo funcione.

Lo miro con incredulidad, ¿me está sermoneando?

—Peter, sabes que te quiero como si fueras mi hijo, ¿de acuerdo? —Asiente—. Pero no me des la charla que yo le di a tus primos, no vayas por ahí.

Levanta las palmas de las manos en son de paz. Todos conocemos su capacidad negociadora y su habilidad para hacerte reflexionar sobre cualquier problema que surja, pero…

—Norbert, ¿puedo hacerte una pregunta personal, de hombre a hombre?

Me echo hacia atrás en mi asiento y cruzo una pierna sobre la otra. ¿A dónde demonios quiere ir a parar? Bien, salgamos de dudas. Le digo que sí con la cabeza.

—No te ofendas, ¿vale? —Se suelta el pelo del elástico que se lo recogía, creo que lo lleva demasiado largo, pero si a él le gusta…—. Lleváis muchos años casados, quizás la pasión, que no me refiero al amor, se ha apagado y vuestras relaciones sexuales se hayan enfriado. No tienes que asustarte, le pasa a muchos matrimonios; ya sabes, la rutina, la monotonía… Siempre lo mismo, a la misma hora, las mismas posturas… A lo mejor necesitáis introducir algo extra…

Tengo la mandíbula desencajada de tan abierta como tengo la boca. No me lo creo. ¡NO ME LO CREO! ¿Pero cómo…? ¡¿Me está diciendo lo que estoy entendiendo?!

Me levanto lentamente, mirándolo a los ojos y echando de menos no tener unas tijeras a mano o una maquinilla y raparlo al cero. Él también se ha incorporado y ha bordeado la mesa, poniéndose al otro lado. Doy unos pasos y cuando le voy a contestar como se merece el muy…

—¡Cariño! No sabía que ya habías llegado.

La voz de mi esposa me interrumpe, pero antes de girarme a ella le digo en un susurro al sinvergüenza de mi sobrino:

—Ni se te ocurra moverte de ahí.

Voy al encuentro de ella y la abrazo con fuerza. Nos giramos levemente y la beso con toda mi alma, sé que la pillo desprevenida, pero su respuesta corresponde a mi intensidad hasta que le falta el aire.

—¡Uau! Vaya recibimiento —expresa, normalizando su respiración—. Hola, Peter.

—¿Qué tal todo, bien? —le pregunta a modo de saludo el psicólogo.

—Todo perfecto. Voy a la cocina a por dos vasos de limonada para Mauro y para mí, estamos sedientos. Por cierto, cariño, estás muy colorado, ¿no?

Y se va sin dar más explicaciones. ¿Yo estoy colorado? ¡Estoy ardiendo, joder!

—¿Quién es Mauro? —le lanza Peter antes de que su tía salga del salón.

—El jardinero —nos informa, con una sonrisa, detenida en el umbral de la puerta y girada levemente hacia nosotros.

La observo, lleva puesto un pantalón ancho blanco y una camiseta del mismo color y gran escote, que deja al aire uno de sus hombros; el pelo suelto, apenas sin maquillar. En definitiva: sexi.

—Estamos tomando nota de los arreglos que hay que hacer y dándome algunas sugerencias. Es muy bueno en su trabajo.

—No lo dudo —siseo.

—¿Decías, cariño? —Ese tono lo conozco y no presagia nada bueno.

Algo me dice que ya sabía que yo estaba aquí, o quizás ese arrancahierbas le ha dicho que los estaba mirando. Además, ¿qué clase de nombre es Mauro para un jardinero? Conste que no sé si se tienen que llamar de tal o cual forma, pero ¿Mauro? Tiene nombre de gigoló, ¿qué opináis?

—Nada, que me parece perfecto todo lo que quieras hacer. Tú eres la experta —contesto como corderito que cuenta los últimos minutos de vida. Me vuelve a sonreír y se va.

Me giro a mi sobrino, que no se ha movido de su sitio.

—Ven aquí —le digo.

—Te oigo perfectamente desde donde estoy.

—¿Quieres que vaya yo?

—¡Joder! Que no tengo ocho años, por el Valhalla.

—Pues lo parece. ¡¿Pero qué clase de examen es el que me has hecho antes?! ¿Tú te crees que le puedes hablar así a tu tío? —lo regaño mientras me acerco a él, que sigue quieto en su lugar.

Recuerdo que de pequeño, cuando se juntaba con los otros dos trastos: Johan y Adam, era de temer. Eso sí, las regañinas y castigos las compartían, y sabía que si le decía que no se moviera, mejor no hacerlo. Conste que nunca les he pegado ni nada por el estilo, eso jamás; pero privarlos de sus caprichos, sí.

—Te pedí permiso primero, recuérdalo. —Vaya mierda de defensa la suya—. Pero piénsalo, no es descabellado…

—¿Pero tú has visto el beso que nos hemos dado? ¿Dirías que no hay pasión, eh? —Debe de ser que el pelo largo tira de sus neuronas, ¡qué insistencia!

Se frota las palmas de las manos contra el vaquero. Sé que está nervioso, ¡pues que piense antes de hablar!

—Sí que os he visto y he analizado vuestras reacciones, más la de mi tía. —Yo lo mato y luego lo rapo con las tijeras de podar del Mauro de los cojones—. Se ha mostrado muy receptiva, pero eso no quiere decir que en… la cama, quizás y solo quizás, eche en falta algo. Hay consoladores, juguetes para…

¡¡Hasta aquí hemos llegado!!

Le doy un cogotazo con fuerza.

—¡Joder! Que solo te estoy aconsejando.

—¡Es que yo no te he pedido consejo! ¡¿Y desde cuando eres experto?! —le espeto malhumorado mientras le golpeo otra vez. ¿Dije antes que nunca le había pegado? Pues mira que me acabo de estrenar.

Intenta alejarse y le sujeto por el brazo, deteniéndolo. Es más alto que yo, y joven, pero a fuerza no me gana. Forcejeamos.

—No huyas, que te voy a dar yo consolador…

—¡¿Se puede saber qué pasa aquí?! —truena la voz de mi padre.

Nos detenemos al momento. Peter tiene la camisa descolocada del cuello y la mía se ha salido en parte del pantalón. Nos miramos de arriba abajo y rompemos en risas. ¡¿Será posible?! Peleándonos como dos chiquillos.

—¿Hace falta castigar a alguien? Porque no me importa hacerlo, que lo sepáis. Es más, lo echo de menos.

No nos da tiempo a responder, Pamela entra con una pequeña bandeja en la mano, con las bebidas.

—Hola, Anthony. —Le da dos besos—. No les hagas caso, están raros hoy. Mira qué pinta tienen.

—Me estaba enseñando una llave nueva de autodefensa.

—Cierto —corrobora el escurridizo de mi sobrino, que sin más sale del salón.

Me recoloco la camisa.

—Pam, cariño, deja que te ayude.

Me vuelvo hacia la desconocida voz y veo que el jardinero acaba de entrar. Achico los ojos, ¿la ha llamado cariño?

—No hace falta, gracias —contesta mi esposa con desenvoltura y un brillo extraño en los ojos.

Esto no me gusta, aquí se está cociendo algo…

—Mira, te presento a mi esposo, Norbert —me anuncia mientras deja la bandeja en una mesa auxiliar y se acerca a él, ¿por qué no viene a mi lado? Le hago una inclinación de cabeza al Mauro de los… y él me corresponde de igual modo—. Anthony, mi suegro —señala a mi padre, que se adelanta un paso y le extiende la mano.

—¡Anthony! ¡Qué nombre más musical! —responde, acercándose a mi padre y dándole un abrazo.

Este me mira extrañado, quieto.

—Yo soy Mauro. —Se separa de él pero sin perder el contacto físico, entrelazando su brazo con el de mi padre. Añade con voz insinuante—: Aunque por la noche me llaman Princesa. —Le dedica un guiño y se gira a mi esposa—. Pamela, qué hombres más guapos tienes en tu familia, porque tus hijos son imponentes, que ya he visto las fotos.

Me parece que… No sé, algo no me cuadra. ¡Joder! Qué lento estoy.

—Es verdad, son muy guapos, y unas excelentes personas —le da ella la razón, que la tiene.

Mi padre sonríe y, sutilmente, se deshace del brazo del tal Mauro.

—Por supuesto, querida, tienen a quién parecerse. Su padre es muy atractivo. —Me mira de forma empalagosa—. Pero su abuelo es todo un hombre —afirma mientras intenta cazar a mi padre.

Porque eso es lo que ha tratado pero sin conseguirlo; ya que, hábil y ligero como un gato, ha dado unos pasos hasta alejarse del manoseo de ese hombre. Aunque de esto último ya tengo mi teoría, por no decir sospecha. No, nada de eso; claro que es un hombre, pero sus gustos van por…

—Bien, pues si quieres continuamos fuera y los dejamos solos, solo queda elegir qué adorno pongo en el lugar de la estatua rota.

Veo que él hace un mohín de fastidio. Suelto un suspiro.

—¡Ay! Alguien está enamorado —dice dando un pequeño saltito.

Mi esposa me mira y se me acerca. Lo leo en su rostro: se está carcajeando de mí.

—Mi Norbert es un amor —declara y besa mis labios brevemente.

¿Y yo tenía celos de este tío? Pero quién iba a saberlo, ¿no? Cualquiera hubiera pensado igual si ves a la mujer que amas al lado de un hombre joven y atractivo, porque este lo es, en actitud… Bueno, en ninguna actitud si lo pienso detenidamente y con frialdad… Solo estaban hablando, ¡joder! Vaya metedura de pata.

—Vamos, preciosa, terminemos.

Justo cuando se disponen a irse entra Peter. Hay una leve corriente de aire por estar abiertas las puertas que dan acceso al jardín y eso hace que la melena de mi sobrino ondee como si estuviera en un anuncio de champús.

—Hola —saluda al entrar.

Y todo sucede igual que si el tiempo se hubiera ralentizado, a cámara lenta.

Mauro, porque ya no es el jardinero (pasó el peligro), abre la boca y los ojos de forma exagerada. Con grandes aspavientos se echa aire con las manos y camina hacia mi sobrino de forma cadenciosa.

¡Madre mía, lo que se viene encima! Pero la venganza es dulce, pienso para mis adentros, relamiéndome.

—Te presento a mi sobrino, Peter —le informo con tonito.

La mujer más maravillosa que hay en el mundo, léase mi esposa, me da un toque ligero con el codo en las costillas. Sé que me va a interrogar luego, pero ya me inventaré alguna historia convincente; soy abogado y…

—D-De dónde… —tartamudea el exadmirador de mi mujer y ahora fan de mi sobrino.

Mi padre se ha sentado en el sofá y nos observa como el que está en un teatro viendo una obra cómica: con una mano se tapa la boca para evitar que veamos que se está riendo, eso sí, en silencio para que nadie se distraiga.

—De Noruega —le aclaro mientras él se queda a un palmo de Peter y este nos mira con el ceño fruncido. Bueno, concretamente, me mira solo a mí.

—¡¡Un nórdico!! —grita Mauro, que da un pequeño saltito y lo abraza por el cuello—. ¡Un nórdico! Me encantan los nórdicos, son… calientes, son…

—Muy calentitos, cierto —apostillo. Peter intenta soltarse del agarre y evitar sacudirse a la par que su enloquecido atacante, que no deja de brincar—. Pamela compró un nórdico de plumón este invierno y es una delicia sentir su contacto en la cama.

Anthony se tira de lado en su asiento, riéndose ya sin pudor alguno.

Mi esposa se echa una mano a la frente y con la otra me da en el hombro. Veo sus esfuerzos para no… 3, 2, 1… Ya se está riendo, es que es imposible no hacerlo. ¿He sido un poco malvado?, tal vez. ¡¿Pero cómo se le ocurre a ese descerebrado interrogarme sobre mi vida sexual?!

—¿Verdad que sí, Norbert querido? —Vaya, a ver si cambia su objetivo y…—. Es lo que yo digo siempre…

Nos quedamos los cuatro a la espera de que remate la frase. Por suerte, ya ha soltado a Peter, aunque lo sujeta por el brazo y sigue mirándolo con una fascinación en el rostro que… no sé, ¿y si está loco? Oigo que suspira profundamente y le da otro repaso con la vista a mi sobrino, que por no ser maleducado está aguantando el tirón.

Y, por fin, Mauro nos saca de la duda:

—¡Pon un nórdico en tu… cama! Perdón perdón, qué estaré pensando, ¡en tu vida!

 

Fin

EDREDÓN DE PRINCESAS 1

 

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