Fragmentos

En esta sección iré dejando pinceladas de la historia de Los Wadlow.

Empezamos con su primer encuentro. Más adelante os mostraré otros momentos diferentes, tanto de Kathy y Adam (los protagonistas) como del resto de personajes secundarios, a los que a veces no les damos la importancia que tienen.

Adelante, que ellos se muestren ante vuestros ojos…

 

«Dos margaritas y un aburrimiento mortal. Varios tíos se le habían acercado; pero una mirada, con el ceño fruncido, de su parte fue suficiente.

«Idiotas».

Sin embargo, a él no lo vio venir. Cuando giró la cabeza, ahí estaba. De pie. Con una hermosa sonrisa en la cara.

«Cabello increíblemente revuelto y bello. Ojos de un ¿verde? inquietante y un cuerpo hecho para pecar», lo escaneó en un segundo.

Le lanzó su mirada «asusta hombres», pero nada, ni se inmutó.

—Con tu permiso —«y sin él», se dijo—, déjame acompañarte mientras esperas. —La miró fijamente, esperando su negativa—. Me…

—No te he invitado a sentarte —«señor engreído»—, así que si no te importa… —lo interrumpió, haciendo un gesto evidente con la mano para que se fuera.

—Disculpa, con este ruido casi no te oigo. —«Si crees que me vas a despachar tan pronto, es que no me conoces»—. En cuanto llegue tu acompañante me voy —afirmó, lanzándole otra de sus sonrisas patentadas. Nunca fallaba… O casi nunca.»

***

«—¿Pasé el examen? —retó con voz áspera. Lo sorprendió inspeccionándola con ojo crítico.

La sonrió sin amilanarse por el tono de su voz. «¿Quieres jugar, preciosa?».

—Sí —afirmó él con énfasis—. Y con creces.

«Será imbécil, ¿se cree que soy ganado? Era imposible que estando tan bueno fuera inteligente. La perfección no existe», bufó en su interior.»

***

«—No, no me has molestado. Solo me ha sorprendido, esperaba cualquier cosa menos eso. ¿De verdad se me ve así?

Lo miraba con los ojos abiertos de par en par.

—Así te veo yo —se reafirmó, poniendo en su voz toda la sinceridad que su mirada expresaba.

Sin ellos darse cuenta tenían sus cabezas juntas. Respirando uno el aliento del otro.

«Menta…», inhaló ella.

«Fresas…», paladeó él.

Estaban cómodos. Ella notaba cómo la tenía cogida del hombro, apretándola a su costado. Se sentía arropada, dentro de una burbuja de paz y sosiego. «Hace tanto tiempo que no me sentía así. Ojalá no desapareciera, ojalá…»

***

«—Lamento que hayas pasado por eso. Yo nunca haría nada que pudiera dañarte —afirmó con voz segura—. No tienes que temer nada de mí.

Se miraron fijamente. Las palabras de él calaron en Kathy.

—Lo sé —afirmó ella—. Te creo.

¿Cuánto hacía que se conocían, una hora, dos?… Y, sin embargo, supo que era sincero. Algo la empujaba a él, y ese algo le decía que el sentimiento era mutuo.»

***

«Dio un paso hacia ella, quedando ambos frente a frente. La cogió brevemente por la cintura y mientras acariciaba de nuevo su mejilla, le dijo:

—Te llamaré mañana.

—T-Te estaré esperando —contestó ella con un hilo de voz.

Sus rostros estaban cada vez más cerca. Kathy puso una mano sobre el pecho de Adam.

Él no sabía si para detenerlo o porque quería tocarlo, pero lo iba a averiguar rápidamente.»

***

«—Por cierto, yo sí estaba allí esperando que llegara mi cita. —El corazón de Kathy se saltó un latido—. Sin embargo, te juro que nunca me he alegrado tanto de que me dejaran plantado. Definitivamente, la suerte me ha mirado de frente —aseveró con total convicción y consiguiendo, sin saberlo, que ella respirara aliviada—. Mañana te llamo, no sé a qué hora pues tengo guardia, pero hablaremos —afirmó rotundo.

—De acuerdo, yo hasta el lunes no vuelvo al trabajo. —Bajó la mirada y confesó—: Me gustará hablar contigo…»

 

***

*NOTA: Como ya sabéis, en la plataforma Amazon tenéis el principio de “Los Wadlow”, podéis leer los primeros capítulos, pero ¿os gustaría avanzar un poco más?…

Bien, pues aquí os dejo cómo continúa ese encuentro fortuito de Peter y Diane. Os aseguro que las consecuencias son imprevisibles. También avanzaréis en cuanto a Kathy y Adam.

¿Seguimos leyendo?

 

(…) Diane le percibía muy cerca, tanto que casi la rozaba. Instintivamente se habían ido acercando a medida que la charla transcurría. Era tan agradable estar así.

«No me importaría que me abrazara», pensó ella.

—Sí, mucha suerte. Conocí a Kathy, más que mi amiga es mi hermana. Es un año mayor que yo, y estamos juntas desde que teníamos diez años ella y yo, nueve.

«¿Kathy también es huérfana?». Estaba sorprendido, su primo no le había comentado nada, claro que tampoco hablaron mucho por teléfono.

Quería apretarla contra su cuerpo. Peter sentía un deseo irrefrenable de protegerla, defenderla de todo lo que la pudiera lastimar. Era un sentimiento nuevo para él. Algo totalmente desconocido. «Astrid nunca me inspiró nada así, esto es… desconcertante. Sin embargo, correcto».

Siguieron por un rato más hablando de sus trabajos; los sitios en los que estuvieron y los que les gustaría visitar. Ella apenas conocía ningún lugar interesante, y Peter le prometió que le enseñaría sus preferidos. Él le contaba anécdotas de cuando era pequeño, travesuras con sus primos, cosa que a Diane le encantaba. Ella le explicó sus proyectos de futuro…

—Hola, ¿interrumpo?

Diane pegó un bote del asiento, suerte que Peter fue rápido de reflejos y la sujetó por la cintura. Estaban tan metidos en su propia burbuja que no oyeron abrirse la puerta y, mucho menos, los pasos de Kathy. Esta tenía una sonrisa pícara en la cara, los había sorprendido casi cogidos de la mano, sus rodillas tocándose… «Vaya, vaya», pensó con ironía, mirando a una Diane muy azorada.

—Hola, me llamo Peter —dijo levantándose y tendiéndole la mano a modo de saludo.

—Encantada, soy Kathy —se presentó, respondiendo con un apretón de mano.

—Déjame ayudarte, por favor —solicitó él mientras cogía la bolsa que ella portaba.

Kathy le lanzó una mirada interrogante a Diane.

—Es primo de Adam —canturreó su amiga—. Ha venido preguntando por ti y le he ofrecido esperarte.

«Claro, y de paso enterarte de todo», especuló Kathy.

—¿Primo de Adam? —preguntó algo molesta, viendo que el rubio dejaba la compra en la encimera.

A Peter no le pasó por alto el tono de su voz y, después de lo que le contó su primo, no le extrañaba.

Adam le pidió, más bien exigió, que buscara encima del escritorio de su habitación un papel con un número de teléfono apuntado. Al no aparecer este en el sitio indicado y después de mirar también por el suelo, de­sesperado, casi le hizo desarmar el cuarto. Cuando ya era evidente que la nota no estaba allí, le rogó que fuera a casa de Kathy a excusarse en su nombre y pedirle de nuevo el dichoso número. Peter se negó en redondo, ¡de ninguna manera iba a hacer de recadero sentimental!, pero sabía que su primo tenía una larga guardia en el hospital, no terminaría hasta el día siguiente por la tarde.

«Por favor, Peter, es muy importante…, vital; por favor…». Y como él era un blando, según su familia, cogió la dirección que le dijo y que le mandó también por un mensaje, «para más seguridad», y se encaminó a hacer de intermediario. De lo que ahora se alegraba.

—Sí, tuvo un aviso de una emergencia en el hospital, por lo que ha entrado a su turno antes de hora y no saldrá hasta mañana ya tarde. —Quería explicar todo lo mejor posible, veía que Kathy estaba impaciente. No le extrañaba que su primo quisiera verla de nuevo, era muy guapa—. Ha perdido tu número de teléfono, y te aseguro que he buscado por donde él me ha dicho, pero nada. Por eso me ha pedido que viniera, para pedírtelo de nuevo o darte el suyo.

Diane escuchaba todo sin pestañear. Su amiga tenía mucho que contarle, «Katherine… Nos espera una laaarga charla».

Kathy lo miraba en silencio. Metió, despacio, una mano en el bolsillo trasero de su vaquero y sacó un papelito doblado por la mitad.

—¿Es esto lo que buscabas? —dijo mientras se acercaba a él unos pasos y se lo tendía para que lo cogiera.

Peter así lo hizo. Lo desdobló y miró el número allí anotado.

—¿Es tu teléfono? —Ella asintió—. ¿Dónde…? Te aseguro que mi primo está al borde de una crisis nerviosa. ¿Cómo es que lo tienes tú?

No entendía nada y Diane, menos. Los ojos de esta pasaban de él a ella, y viceversa.

Kathy dio un suspiro hondo y contó cómo esa mañana se lo había encontrado metido en el seto.

Peter estalló en risas, era alucinante. Tanto rebuscar y batallar con su primo por teléfono porque no encontraba «el papelito», y resulta que, en realidad, nunca lo tuvo.

Las dos chicas lo miraban con cara de expectación.

—Increíble, esto es… ¡No se lo va a creer! —Se sentó al lado de Diane e inconscientemente rozó una de sus manos—. Kathy, un gusto conocerte y, si en algo aprecias la cordura de Adam, te recomiendo que lo llames lo antes posible. Está a punto de volverse loco o de renunciar al trabajo y venir aquí corriendo.

Diane lo miraba hablar, embobada. Tenía un acento tan… sexi. «¿De dónde será?», divagó en su mente. Y sentir ese leve roce de su mano…

—Sí, está bien, guardo estas cosas y lo llamo.

Tenía que disimular su ansiedad; aunque no le faltaban ganas de tirarse de cabeza a por el teléfono; pero se dio cuenta de un detalle.

—No sé su número —anunció volviéndose hacia la pareja, que otra vez parecía ausente. «¿Pero qué les pasa a estos dos? Sí que les dio fuerte».

Peter, sonriente, fue hacia ella y del bolsillo de su camisa sacó una hoja pulcramente doblada.

—Estaba todo pensado —explicó mientras se la entregaba—. Por si no había nadie la iba a pasar por debajo de la puerta.

A Kathy se la comían los nervios, lo mejor era quitarse del medio, así que después de guardar rápidamente las nuevas compras, se dirigió a su dormitorio.

—Kathy —demandó Peter—. No demores en llamarlo.

La guiñó el ojo y se volvió hacia Diane.

 

Kathy entró en su cuarto prácticamente levitando. ¡Él no se deshizo de la nota!, se le cayó del bolsillo, seguramente, al sacar las llaves del coche. Quería gritar de alegría. Tomó aire repetidas veces, tenía que tranquilizarse; si lo llamaba con ese estado de excitación, él se iba a alarmar. Bueno, siempre podía decir que estuvo corriendo, «sí, corriendo de la cocina al dormitorio, vamos», se recriminó.

¿Cuándo fue la última vez que se sintió así, tan… impaciente? «Nunca», se respondió a sí misma.

Se sentó al filo de la cama y se dio cuenta de que tenía el móvil en el salón, dentro del bolso. «¿Será posible…?». Salió rápidamente, entró al salón, cogió el bolso y regresó a su habitación sin mirar a nadie ni a ningún lado. Ya era bastante patética la situación.

Volvió a sentarse en la cama… y marcó el número que le dio Peter. Al tercer tono oyó la voz más dulce y sensual que había escuchado en su vida.

—¿Sí? —Se quedó muda—. ¿Kathy… eres tú?

Se aclaró la voz.

—S-Sí, soy yo, Adam.

Un largo suspiro recorrió toda la línea.

—¡Dios mío!, Kathy, creí que me volvía loco…

Lágrimas de felicidad surcaron el rostro de ella.

Para Adam, ese día empezó siendo un caos. No pudo dormir las horas que le habría gustado y necesitado, en parte porque lo llamaron temprano para una intervención quirúrgica de urgencia; pero, sobre todo, porque no hubo forma de apartar de su mente a la chica que había conocido. Se sentía como en una nube, su mente no podía dejar de recrear una y otra vez cada palabra, cada gesto. Parecía que la conocía de siempre, y apostaría a que a ella le pasaba igual.

Así que, cuando en un descanso entró en la cafetería del hospital para tomarse un café y despejarse, pensó que era un buen momento para llamarla, pero… ¡¿Dónde estaba el p… papel con el número de teléfono?!

¡Se abrieron los infiernos! Buscó en el maletín, que había dejado en su despacho; en el coche… Y nada. Solo quedaba por mirar en su casa, en su habitación.

La espera hasta poder llamar se le hizo eterna. Era muy temprano para pedirle a su primo que buscara el jodido papel. No quería ni pensar en lo que Kathy estaría imaginando al no llamarla, como le aseguró que haría. Puso a Peter de los nervios por teléfono con su insistencia en la búsqueda. Las enfermeras lo miraban con precaución, extrañadas, tenía un humor de perros. Por suerte, la operación que tuvo que realizar, y que por fortuna no revistió la gravedad que se temió en un principio, fue un éxito, pero su cabeza seguía fuera del hospital.

Ya se llevaba tomados tres cafés en lo que iba de mañana. No entendía por qué su primo se demoraba tanto en lo que le había encomendado. No era tan complicado; además, incluso le mandó la di­rección a su móvil.

Pero al sonar su teléfono y oír esa voz tan hermosa y anhelada, un largo y profundo suspiro se escapó de sus labios. Y siguió hablando de forma atropellada, sin querer ni poder disimular la ansiedad que lo inundaba.

—… Te juro que no sé qué ha pasado. Hace un par de horas he ido a llamarte… y al no encontrar tu número… —Se pasó, nervioso, la mano por el pelo. Le pareció oír como un leve sollozo—. Kathy, ¿pasa algo?, ¿estás bien?

Las lágrimas corrían sin control ni permiso por las mejillas de ella. Durante toda la mañana la invadieron tantas emociones, tantas hipótesis…

—Sí, sí, estoy bien. —Adam no estaba muy convencido—. Sorprendida por la visita de tu primo. Por cierto, el papel se te cayó anoche. Lo encontré enredado en el seto del camino de entrada.

—Joder, no me lo puedo creer —dijo, soltando una carcajada—. Y yo diciéndole a Peter que era un inútil por no encontrarlo. —Ella se echó a reír—. La que me espera en cuanto me vea.

Kathy sonrió, pensando en Diane y su acompañante. Cuando fue al salón en busca de su teléfono, ni la vieron. Y no se oía ni una voz, cualquiera diría que se habían ido o que…, no, qué va…, se acababan de conocer. ¿O sí? «Veremos quién tiene que contar cosas a quién», pensó de forma ladina.

—No creo que te diga nada —aseguró convencida mientras jugaba con un mechón de su cabello—. Está entretenido.

Él no entendía nada. Se levantó y salió al exterior de la cafetería. Hacía frío, pero allí podía oírla mejor, además de tener algo de privacidad.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, está charlando con mi amiga, Diane. —Dirigió la vista a la puerta de su habitación—. Aunque desde hace un rato no se oye nada. —Un pensamiento malvado cruzó su mente—. Oye, tu primo será de fiar, ¿no?

Adam lanzó un bufido.

—Vale —dijo rápido Kathy—. Ha sido una broma pesada.

—Te aseguro que Peter es inofensivo. Tu amiga está en buenas manos y, por cierto —continuó, bajando la voz—, anoche lo pasé fenomenal. Estoy deseando volver a verte.

Ella se alegró de escuchar eso. No solo que su amiga estaba en buenas manos, sino que él quería volver a verla. Lo notaba en su voz, delataba nerviosismo. Lo recordaba perfectamente, su cuerpo, sus manos, su boca…

—¿Kathy, sigues ahí? —Dio unos pasos, inquieto, mirando si tenía cobertura en el móvil.

—Aquí sigo —confirmó de forma apresurada—. Lo pasé genial también y…

No pudo seguir hablando al interrumpirla Adam.

—Tengo guardia hasta mañana; terminaré sobre las seis de la tarde. Pasaré a recogerte y cenamos o tomamos algo. —Lo que ella quisiera, pero verla—. Lo que tú digas.

Kathy pegó un salto de la cama, donde estaba sentada. Miró por la ventana sin ver nada en particular. Su mente se había disparado. Verlo mañana…, tomar algo…

—Me parece estupendo —afirmó moviendo también la cabeza, como si él pudiera verla—. Cerca de aquí hay una cafetería muy tranquila, podemos ir ahí. —Pero una idea cruzó su cabeza—. Aunque si estás cansado después de tantas horas de…

—Para nada, eso no es problema. —Su buscador empezó a pitar—. Me reclaman, tengo que cortar. Volveré a llamarte cuando tenga un descanso.

—De acuerdo —aceptó ella—. No voy a salir, aquí estaré. —«¿Por qué le estoy diciendo que no voy a salir?».

Adam se sentía el hombre más feliz del mundo.

—Te llamo, preciosa. —Y dicho esto cortó la comunicación mientras se internaba por los pasillos del hospital.

Kathy llevó el móvil a su pecho, feliz… «Te llamo, preciosa… preciosa…».

La última palabra que él le dijo se repetía en su mente como un eco… «Ojalá que las horas pasen rápido». Se giró hacia la puerta del dormitorio y, pensando en la parejita que estaba fuera, se dirigió al salón.

Seguían en el mismo lugar en el que los había dejado. Sentados en los altos taburetes de la cocina y con las manos casi rozándose. Se le cogió un nudo en la garganta, deseaba tanto que Diane encontrara a un buen hombre que la quisiera, merecía tanto ser feliz.

Ambas merecían ser amadas, sus vidas no fueron fáciles, echaban en falta el calor de una familia, pero quién sabe…

Diane la vio venir y observó el rostro radiante de su amiga.

—¿Hablaste con Adam? —Peter se giró hacia Kathy al tiempo que Diane preguntaba a su amiga.

—Sí, todo bien. Le he contado lo de la pérdida —contó al tiempo que sonreía—. Lo acaban de llamar por el busca.

—Los fines de semana son de mucho movimiento, no creo que le dejen descansar —anunció él.

—Me ha dicho que llamará cuando pueda. Nos veremos mañana un rato, al final de la jornada —explicó, encogiéndose de hombros.

Abrió el horno y comprobó que la comida ya estaba lista.

Diane no lo pensó.

—¿Te quedas a comer, Peter? —Lo miraba esperanzada.

—Ojalá pudiera —se lamentó—. Pero me esperan en casa; mi abuelo vendrá y, prácticamente, es el único día que coincidimos todos, o casi todos —aclaró mirando a Kathy.

La expresión de Diane era desoladora, aunque comprendía sus motivos; por ello, hizo un esfuerzo y se mostró animosa, no quería venirse abajo.

—Está bien, lo entendemos, ¿verdad, Kathy? —Esta asintió.

—Os podríais venir vosotras, Pamela estará encantada de conoceros.

—¿Pamela? —preguntó Kathy.

Diane, rápida, le aclaró a su amiga:

—Es su tía, tienen la costumbre de llamarse por sus nombres —explicó, sonriendo a Peter—. Igual que al que ha llamado su abuelo no es su abuelo en realidad, aunque sí familia; pero como lo conoce desde que nació…, pues lo llama así.

Kathy estaba asombrada, Diane hablaba como si los conociera de toda la vida. «Pues sí que ha aprovechado el tiempo», no pudo evitar pensar.

Peter esperaba la respuesta. Sabía que si se presentaba en casa con ellas, su tía iba a estar encantada, al igual que el resto de la familia. Sería una sorpresa para todos.

—Diane —dijo Kathy—, si tú quieres, puedes ir con él. Yo prefiero quedarme.

Su amiga la sonrió. Moría por seguir en su compañía, pero no pensaba dejarla sola.

—No, me quedo contigo. —Se volvió a Peter, excusándose—. Teníamos hechos planes, pero tal vez…

Él no la dejó seguir hablando, veía la pesadumbre de ella y la pena por tener que elegir. Comprendía que no quisiera dejar sola a Kathy, con ello demostraba que era una persona leal, amiga de sus amigos; y eso le gustaba.

—No te preocupes —dijo tomando, por primera vez, su mano y besando sus nudillos—. Lo entiendo perfectamente. Te llamo más tarde, ¿vale?

Diane se movía inquieta en su asiento. ¡Él había besado su mano! Desde luego no se equivocó en su primera percepción: era todo un caballero.

—Claro que sí, estaré esperando.

—Bien. —Peter se levantó y se dirigió a Kathy—. Ha sido un placer conocerte. Espero verte pronto.

—Estoy segura de que así será —aseguró, echándole a su amiga una mirada de reojo—. Gracias por la invitación.

—Igualmente —contestó él sonriendo. Le dio un beso en la mejilla y se dirigió a la puerta, seguido de Diane.

Todavía pasaron cinco minutos hasta que esta última regresó a la cocina, donde la esperaba una divertida y asombrada Kathy.

—¿Y bien…?

Los ojos de la morena brillaban y tenía una sonrisa tonta pintada en la cara.

—Muy bien. —Exhaló un largo y profundo suspiro. Sacó los cubiertos y los platos y empezó a preparar la mesa.

—Diane…

—Kathy, acabas de conocer al padre de mis hijos —soltó como si nada—. ¡Es tan caballeroso…!

Y siguió poniendo el resto de los utensilios, tan normal. Kathy la miraba incrédula.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga? —la picó divertida—. No me preguntas por anoche ni por Adam…, ni por lo que he hablado con él hace un rato. —Se dirigió hacia ella y le puso una mano en la frente, comprobando su temperatura—. Tú no estás bien, Diane.

Esta última resopló. Ahora era ella la que tenía que dar explicaciones. Les esperaba una larga y entretenida tarde.

 

Peter no daba crédito a su buena suerte: al hacerle un favor a su primo había conocido a una chica maravillosa. Él mismo no se explicaba las reacciones que tenía cuando estaba a su lado. Le era imposible no tocarla, observarla en todos sus detalles, sus ademanes… Nadie le hizo sentir así nunca.

Su anterior, y única novia, Astrid, jamás fue especialmente cariñosa; él creía que era su forma de ser. Todo el mundo no es igual de efusivo, pero claro, resultó que ella era efusiva con todos, menos con él. Y más concretamente con un amigo íntimo suyo. Lo que se habrían burlado a sus espaldas…, odiaba el engaño, fuese del tipo que fuese; pero si entraban en juego los sentimientos…, se hundía.

Ahora todo eso quedó atrás, iba a hacer todo lo posible para que Diane estuviera a su lado, «¡y por todos los dioses del Valhalla que así va a ser!», pensó decidido.

Llegó a su casa lleno de optimismo. Nada más abrir la puerta le invadió el olor del asado cocinado por su tía. Oyó voces en el comedor y hacia allí se dirigió.

—Hola, Peter —saludó su tío al verlo entrar—. ¿De dónde vienes?

Él los miró uno por uno. Pamela entraba en ese momento con una fuente de ensalada en la mano. Anthony, que ya estaba allí, vestido tan elegantemente como siempre, se dirigió a Peter y le dio una palmada en el hombro. Al fondo se encontraba Johan, que levantó la vista del libro que tenía en las manos, esperando su respuesta. Les dedicó una sonrisa a todos y de la forma más natural y sosegada, como él era, les dio la noticia:

—Acabo de conocer a mi futura esposa.

Entre diversos jadeos de sorpresa se oyó el estruendo de caer al suelo media decena de platos y las copas de vino que en ese momento se disponía a dejar Norbert sobre la mesa.

 

Capítulo 5

 

Abrió la puerta del local y, acto seguido, se apartó a un lado, permitiendo que Ka­thy entrara en primer lugar. No había mucha gente, era domingo por la tarde, solo alguna familia con sus hijos y un par de parejas, «como nosotros», pensó Adam. El aroma de café recién molido que invadió su olfato y una suave música de fondo contribuían a crear un acogedor ambiente.

Con una mano, reposando en la femenina espalda de su acompañante, la guio hasta una mesa libre, junto al gran ventanal.

Se sentaron uno frente al otro, con dos cafés capuchinos entre ellos que, diligentemente, la camarera les sirvió una vez hecho el pedido.

Casi no llevaban más de cinco minutos allí y él ya la había tomado de la mano. Bueno, en realidad, lo hizo nada más recogerla en la puerta de su edificio, después de…, y solo la soltó al dirigirse a ocupar su puesto de conductor en el coche, porque inmediatamente se la cogió de nuevo. No le pidió permiso, con una mirada se entendieron.

Adam había tenido la guardia más larga que podía recordar, parecía que las manecillas del reloj no avanzaban, como si estuvieran en su contra. Respiró aliviado cuando, por fin, pudo contactarla, no quería que pensara que no estaba interesado en ella. Si no estuvo más lanzado la otra noche, no fue por falta de ganas.

Al besarla temió la reacción de ella, o que al llamar no le contestara. Pero no fue así, él la tuvo presente desde entonces en cada uno de sus pensamientos; e intuía que como ella.

Tuvo un turno de trabajo muy movido, apenas si pudo echarse un poco a descansar, aunque eso no impidió que le mandara varios wasap, a los que obtuvo rápida respuesta. Entre atender a varios borrachos heridos con arma blanca en una reyerta; accidentados en una colisión múltiple de vehículos; las veces que fue requerido en quirófano y el seguimiento de sus propios pacientes…, la espera se hizo más llevadera.

Cuando apenas quedaban un par de horas para terminar su jornada tomó una decisión y nada ni nadie le haría cambiar de idea, «esta tarde se lo digo, aunque suene a locos; pero me niego a pasar así un día más. No me importa que no haga ni cuarenta y ocho horas que la conozco. Solo sé que no quiero perderla, que la quiero conmigo. Y como que me llamo Adam Wadlow que la ato a mi vida tanto como yo a la de ella». Y con este pensamiento, satisfecho, terminó su última ronda.

Después se dirigió a su casa para ducharse y ponerse algo adecuado, no serio, sí informal: vaqueros, jersey de cuello alto y unas zapatillas deportivas. Sus padres, con su abuelo y Peter, estaban en el salón; leyendo unos y viendo la televisión otros. Pasó, saludó y marchó raudo a su habitación, sin darles tiempo a que casi le contestaran. Se quedaron mirando entre ellos, pero no dijeron nada. A los quince minutos, Adam bajó, cruzó el salón y dijo adiós, no sin antes escuchar a su abuelo decir:

—Vaya dos días raros que llevamos. —Le pareció que había cierta intención en sus palabras. Claro que no pudo ver cómo Anthony miraba con sorna a Peter—. Este invierno se presenta bien… calentito.

Por su parte, Kathy, el día anterior, después de someter a su amiga a un interrogatorio de tercer grado y del que salió mejor librada de lo que a ella le hubiera gustado, se quedó sorprendida por todo lo que le contó Diane; esta no era una persona de naturaleza enamoradiza, pero no le pilló de sorpresa que en tan breve espacio de tiempo hubiera nacido un sentimiento tan fuerte si tenía en cuenta lo que Adam provocaba en ella misma, porque la seguridad y convicción que irradiaban las palabras de Diane no dejaban lugar a dudas. Se alegraba por ella, Peter le había causado muy buena impresión, no solo físicamente, sino en sus modales y comportamiento.

Pasaron juntas el resto del fin de semana. Kathy trabajó unas horas en un caso que se le resistía y al que no le veía muy buena salida, mientras que Diane planeó nuevas actividades para sus pequeños alumnos; hasta que el domingo, hoy, después de comer se marchó a su casa.

Por la tarde, al leer un mensaje de Adam en su móvil…, decir que se puso nerviosa era poco; como le ocurrió con los recibidos anteriormente.

 

Preciosa, voy camino de mi casa. Te recojo en una hora, ¿ok?

 

Sí, vale, ok.

 

Cuando vio lo que había contestado se echó las manos a la cabeza. «¡¿Sí, vale, ok?! ¡Pero si solo me ha faltado hacer una declaración jurada…!». Y sin pensar más, se lanzó a arreglarse.

En su vida tardó tan poco tiempo en estar lista. Incluida máscara de pestañas y cabello ondulado. «Esto no lo mejora ni Diane», se dijo orgullosa. Un pantalón vaquero; un jersey grueso de lana, verde; botines de tacón bajo; una chaqueta y su bolso completaron la indumentaria.

Y se sentó a esperar, aunque por poco tiempo. A los poco minutos tocaron en el portero automático y ella se apresuró a bajar.

Los dos se quedaron mirándose el uno al otro. Los ojos de Adam la devoraban. Ella sin aire al verlo. Él dio un paso adelante y, sin pedir permiso, estampó sus labios en la boca de ella, mientras que con sus manos la pegaba a su cuerpo.

Al principio, Kathy se sorprendió, pero reaccionó al segundo devolviéndole el beso con ardor. Se habían echado de menos, y eso ninguno de los dos podía negarlo ni disimularlo. «¿Desde cuándo soy tan decidida?».

El camino a la cafetería transcurrió en un cómodo silencio, sus manos juntas. No necesitaban nada más…

Y aquí estaban ahora, frente a frente, ajenos a lo que acontecía a su alrededor, conociéndose un poco mejor.

—Háblame de ti —pidió Adam—. Sé que eres abogada y que tienes una amiga que se llama Diane.

Kathy lo miraba fijamente. Era cierto, apenas se conocían y, sin embargo…

—Te aseguro que mi vida no es nada interesante. —Él esperó a que ella prosiguiera—. Vale, ya sabes dónde vivo y en qué trabajo. No tengo familia…

No pudo seguir hablando, pues él la interrumpió.

—¿No tienes familia? ¿Ninguna? —Ella movió la cabeza afirmando—. ¿Qué sí, o que no?

—Que no tengo ninguna familia. Estoy sola.

—Nadie está solo, Kathy. Siempre hay algún… primo, tío lejano…

—Nada de nada. Mis padres fueron hijos únicos, al igual que mis abuelos. Y no queda nadie vivo.

Adam apretó la mano de ella. Tenía un nudo en la garganta, no que­ría ni imaginar cómo había sido la vida de ella. Él, que creció rodeado de tanto amor y cuidados familiares.

—Lo siento —musitó.

—Está bien, no pasa nada. Mis padres fallecieron en un accidente de tráfico, yo tenía unos seis años, así que al no tener ningún pariente que se hiciera cargo de mí, ingresé en un orfanato.

Se detuvo un momento en el relato y le dio un sorbo a su café, se había enfriado un poco. La mano de Adam sobre la de ella, ardía. Nunca le gustó hablar de su vida, odiaba inspirar lástima, pero en los ojos de él solo veía dolor. Un profundo dolor por ella. Y eso le movió el corazón.

—¿No quisieron adoptarte? —Su voz salió un poco ronca—. ¿Nadie?

—No, es difícil que adopten a niños ya mayorcitos. Las parejas prefieren a los bebés… —meditó por un segundo—, y no siempre. Estuve, también, en diferentes casas de acogida. En alguna de ellas era difícil la convivencia…

Su mente viajó al pasado por un breve instante y un escalofrío sacudió su cuerpo. Sintió que Adam la abrazaba por los hombros. No sabía en qué momento él se sentó junto a ella; pero agradecía, y necesitaba, que la abrazara. Sentir su cuerpo pegado al suyo, cómo sus piernas se tocaban, su poderoso muslo…, le hizo ansiar más de él. Mucho más.

—En una de esas casas conocí a Diane. —Se giró hacia él con una sonrisa en la cara—. Las dos estábamos en la misma situación, aunque ella llevaba más tiempo…, pero esa es su historia.

—Se ve que la quieres mucho —dijo Adam, intentando animarla. Notaba en su voz la tristeza que la invadía, pero él se encargaría de hacer su pena más liviana.

—Desde el primer momento congeniamos estupendamente. Y eso que tiene un genio… que no veas. Nos hacíamos compañía y nos volvimos inseparables. —Sonrió—. Solo en una ocasión estuvieron a punto de separarnos, cuando me quisieron trasladar a otra casa. No te puedes imaginar qué se le ocurrió hacer. —Adam la escuchaba expectante—. Pegó carteles por todo el instituto y las calles de alrededor. ¡Frenemos esta injusticia!, gritaba ella por todos lados, mientras que seguía empapelando todo lo que pillaba por el camino.

—¿Y qué pasó?

—Pues que lo consiguió. No nos separaron. Eso sí, nos tocó quitar todos los cartelitos, y algunos muy bien pegados —dijo ella con una cómica mueca.

Adam rompió a reír, feliz por el buen final de la anécdota y por haberse esfumado la tensión que, por un momento, los había envuelto. Kathy lo imitó, ya relajada en su asiento.

—Y bueno —prosiguió—, de ahí a la universidad. Conseguí becas para poder costearme los estudios, pero insuficientes; por eso también tuve que hacer trabajos esporádicos, ya sabes: camarera, canguro…

Sí, Kathy era una luchadora. No tuvo más remedio que serlo. Nadie le iba a regalar nada y ella tenía muy clara su meta en la vida: ser independiente y labrarse un buen futuro.

—Quería…, y quiero, que mis padres se sientan orgullosos de mí… —confesó, su voz era apenas un murmullo. Nerviosa, sus manos doblaban y desdoblaban una pequeña servilleta de papel—. Casi no tengo recuerdos suyos, quizás el trauma del accidente los borró. Tampoco objetos personales que les perteneciera; supongo que el casero, después del accidente, se deshizo de todo. Yo era tan pequeña…

Adam le dio un beso en la sien. Era el momento de aligerar el ambiente.

—Pues yo me he criado rodeado de ruido, bromas pesadas y ropa cambiada.

Kathy soltó una franca carcajada. Agradecía lo que él intentaba hacer.

—¿Cómo que ropa cambiada? Me tienes que explicar eso.

—Claro que sí, pero antes voy a por otros dos cafés; estos se han quedado helados —afirmó, guiñándole un ojo.

Se levantó rápido y se dirigió a la barra de la coqueta y confortable cafetería.

Kathy lo siguió con la mirada. Admiró su ancha espalda, su caminar resuelto y grácil. Era un hombre muy atractivo. «¿Atractivo? No, está cañón, ¡madre mía! Y, encima, me trata con modales de caballero antiguo y…¡¡Pero qué leches hace la camarera…!!».

Sí, Kathy, en su mente, era malhablada. Lo que no se permitía decir en voz alta, en su cabeza lo gritaba a los cuatro vientos y ahora, el ver a la camarera cómo coqueteaba con su Adam…, disparó su verborrea mental.

«Pero tendrá poca vergüenza la muy zorra, ¡¿no ve que está acompañado?! Hay que ser…».

No pudo seguir con sus cavilaciones, justo en ese momento Adam se giró con los dos cafés en las manos y fue hacia ella. Se recompuso rápidamente, «vamos, no hace ni cuarenta y ocho horas que nos conocemos, ¿y ya estoy en la etapa de los celos? ¿Qué será lo siguiente?». (…)

 

¿Diríais que su encuentro fue producto del azar, el destino… o la premeditación?

Será interesante conocer vuestras hipótesis.

Saludos.pareja-bailando-b-n

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