Médico, cúrate a ti mismo

 

Es un invierno especialmente crudo el que está sufriendo la ciudad de Chicago, con días muy cortos y en los que no se ve el sol, salvo en contadas ocasiones. Días de atardeceres prematuros y grises junto a noches eternas, buen caldo de cultivo para propiciar estados de melancolía, pero si a eso le sumamos…

 

—¡¡Adam!!

Me ha costado más de media hora en coche poder llegar a casa, y eso que he tenido suerte, podía haber sido mucho peor. Cierro la puerta de la calle y me quito el gorro, los guantes, la bufanda, el plumífero, las botas de nieve… ¡Qué ganas de que llegue el verano y perder de vista todo esto! Me pongo las zapatillas y vuelo por el pasillo saltando por encima del abrigo polar de mi esposo, su cartera, los guantes… ¡Pero bueno, ¿esto qué es?! ¡¡Todo por el suelo!! Doy un último salto, que por poco no me mato al resbalarme, y entro en el salón. La preocupación me come por dentro.

—¡¡ADAM!!

—¡No grites! Casi me rompes los tímpanos.

Oigo que una voz, que recuerda un poco a la de mi marido, proviene del sofá. Y digo voz porque lo único que alcanzo a ver es un bulto cubierto por la manta que allí tenemos siempre cuando entra el frío. Sé que es él, obvio, pero suena como si me hablara desde el fondo de una cueva.

Hace apenas una hora me llamó al despacho para decirme que no se encontraba bien y se venía a casa. Se le escuchaba raro, pero con el ruido que había de fondo no le di más importancia; ronco, sí, pero no de ultratumba. Le comuniqué a Norbert que me venía para atenderlo, es la primera vez que hace algo así y me preocupaba. Él me dijo que seguro que no era nada importante, con este frío hay muchos resfriados, me deseó suerte (ignoro el motivo) y me despedí.

—¿Cómo te encuentras, amor? —me intereso. Le destapo la cabeza y cuando voy a besarlo gira la cara.

—No, no quiero contagiarte. —Es que hay que quererlo, siempre cuidando de mí, así que le beso la mejilla—. Estoy hecho polvo. Vaya una gripe de mierda que me he pillado, joder.

Le pongo el dorso de mi mano en la frente y veo que frunce el ceño.

—¡Ay!

Lo miro extrañada.

—A ver, que solo te he tocado. Sí tienes fiebre, pero no parece que sea mucha. Espera, que voy a por el termómetro.

En un nanosegundo estoy de vuelta, lo compruebo y le digo que se lo ponga en la boca. Tiene los ojos vidriosos, ¡pobre mío!

—Es que no puedo ni moverme —se queja, sin hacer el más mínimo movimiento para cogerlo.

—Tú lo que quieres son mimitos —le digo cariñosa, intentando animarlo—. Venga, un minutito nada más.

Mientras espero echo un vistazo alrededor. Las persianas están parcialmente bajadas. Lo entiendo, no habrá tenido ni fuerzas para darle al interruptor del mecanismo que las mueve, solo para encender la lámpara de la mesa. Me levanto, voy hacia el ventanal para pulsar el botón y que entre algo de luz, que no será mucha, desde luego.

—¡¡No!!

Me quedo congelada con el dedo apuntando a la pared.

—No se te ocurra tocarlas —me dice Darth Vader, con el casco puesto y congestionado, desde el sofá. Del susto por su orden paso a la risa al imaginar al personaje de La guerra de las galaxias resfriado—. ¿Te hago gracia?

Resoplo. Vuelvo al sofá, le quito el termómetro, que ya ha pitado, y miro la temperatura que marca: 38, 2 ºC.

—Tienes fiebre, pero no mucha —le informo mientras me siento a su lado y le sonrío. La verdad es que estoy ya tranquila, creí que estaría mucho peor. Y lo de decir tacos será por los nervios—. No es grave…

—¡Vaya! ¿Ahora eres médico? —Me sorprendo por su contestación tan desabrida y me pongo seria. Le iba a acariciar la cara, pero me ha cortado con su ironía.

—Pues no, no lo soy, ni me hace falta serlo para saber que lo que tienes es un fuerte resfriado que te ha afectado la garganta —le espeto un poco encorajinada.

—Pues cualquiera lo diría, ¡menudo diagnóstico que me has hecho en cinco segundos! —Le viene un acceso de tos que le obliga a doblarse.

Respiro con calma. Se siente mal y eso le afecta al humor, algo totalmente comprensible.

—Adam, sabes que no es nada grave. —Me mira con los ojos entreabiertos. Veo que saca una mano del interior de la manta, se suena la nariz, roja como un tomate, y me entrega el pañuelo de papel. Lo cojo por una esquinita y lo dejo sobre la mesa.

A ver, es mi marido, sí, y lo amo, pero es que se ha sonado la nariz con una fuerza que creí que se le iban a salir los ojos. Francamente, ¡qué asco!

—Cariño —le digo con suavidad—, es mejor que te acuestes. Estarás más cómodo.

Asiente. ¡Menos mal!

—Revisa primero que la ventana está cerrada —me pide mientras baja las piernas del sofá y se arrebuja en la manta.

—Claro que está cerrada —le respondo, ayudándolo a levantarse. No porque él no pueda, sino por el lío que tiene de ropa y se vaya a tropezar.

—Compruébalo, por favor.

Iba a contestarle que… Pero no puedo resistirme a su mirada triste y lagrimosa. ¡Que sí, que me engaño! Ya sé que es producto de la fiebre, pero es enternecedor. Así que voy al dormitorio, miro la ventana del dormitorio y la del baño, que seguro me iba a preguntar por ella también, y regreso.

—Todo en orden, Lord Vader —murmuro las dos últimas palabras.

Le acompaño y se sienta en el filo de la cama tras echar a un lado el grueso nórdico. Antes ha dejado caer la manta, ¡qué manía con dejar las cosas en el suelo! Espero que esto sea producto del resfriado, o vamos a tener que hablar muy seriamente.

—Tráeme el pijama, por favor.

Por lo menos esa parte de la educación la sigue conservando. Me dirijo a la puerta del baño, tras la cual está colgado y me dice que no, que saque uno del cajón. Voy y cojo el primero que pillo, resulta que ese no es el que quiere.

—¡¿Este?! —Le muestro el que me ha pedido. Estaba al fondo y en una esquina, nunca le he visto usarlo. Se ve un poco viejo y apostaría que le queda pequeño—. ¿Seguro?

—Venga, dámelo ya. —¡Qué genio! Voy a ayudarle y me hace una seña de que no; pues vale. Así que me cruzo de brazos y me apoyo en la cómoda mientras veo cómo se cambia de ropa. Tengo que decir que mi marido está buenísimo, joder, que me está dando morbo—. Este pijama es el de estar enfermo.

Parpadeo rápido, ¿he oído bien? ¿Un pijama para cuando se está malo? Creo que la temperatura le está subiendo. Claro, ve mi cara de extrañeza y me lo aclara:

—Hace años tuve una gripe muy fuerte, creí que me moría. —Mi corazón se dispara—. Cuando me curé tenía puesto este pijama, y desde entonces es el que uso cuando enfermo, me trae suerte.

Vaaaaale, lo entiendo. La mente juega un papel muy importante a la hora de sanarnos, pero es que él se tiene que referir a muchos muchos años atrás. La camiseta apenas le llega a la cintura y las mangas parecen de estilo francés, es decir, entre el codo y la muñeca. El pantalón… El pantalón le queda igual que a un bailarín las mallas, bueno, le queda mejor… O peor, porque le marca absolutamente todo… No, le queda… ¡ridículo! Además, le llega cuatro dedos por encima del tobillo y… No puedo evitarlo, ¡me muero de la risa!

—Sí, ríete a gusto de la desgracia ajena. —Me echa en cara mientras se mete en la cama y se tapa hasta las orejas—. ¿Dónde están los pañuelos, Kathy?

Lo juro, es que no puedo parar de reír. Le hago un gesto con la mano indicándole que voy al salón a por la caja. Y me vuelvo a imaginar a Darth Vader, el siniestro Lord del Sith, en mallas con la armadura debajo e interpretando El lago de los cisnes. Cojo un pañuelo de la dichosa caja y me enjugo los ojos con ellos, haciendo un esfuerzo por contenerme, es que estoy hasta hipando.

Ya más seria, no mucho, regreso a la habitación y compruebo que esté bien arropado; se ha quedado dormido. Así que aprovecho a cambiarme de ropa y me dirijo a la cocina a preparar una buena sopa reconstituyente que le vendrá fenomenal.

Me he asomado al cuarto un par de veces, ni se ha movido de posición. Le toqué, con mucho cuidado de no despertarlo, la frente, y yo juraría que le ha bajado la fiebre, pero ni loca lo despierto para tomarle la temperatura. El móvil suena por la entrada de un mensaje, miro la pantalla: Pamela.

 

Hola, Kathy. ¿Cómo está mi hijo?

 

Hola, Pamela. Es un simple resfriado. Ya le ha bajado la fiebre. Pronto estará bien.

 

La pantalla me muestra que lo ha leído, pero no contesta. Sí, ahora está escribiendo.

 

Me alegro, hija. Ten paciencia con él, es un poco quejica.

 

¿Vas a venir?

 

No, no puedo. Tengo cita en la peluquería, y como dices que ya está bien…

 

¡Vaya! Pues sí que ha contestado rápido ahora. Me parece a mí que se quiere quitar de en medio… Además, ¿va a ir a la pelu con los ocho grados bajo cero que hace en la calle? ¿Y cuándo he dicho que ya está bien?…

 

Lo he captado, querida suegra. Besos. ♥

 

¡Alto y claro! No quiere saber nada, lo que significa que le habrá dado mucha guerra cada vez que pillaba algo; lo que se traduce en que ahora me toca a mí batallar con él. Pues no le pienso tolerar ni una tontería. Si se cree que va a abusar de la situación por un resfriado de nada…

Cojo la cuchara de madera, remuevo y pruebo la sopa: ¡buenísima! Para que voy a decir lo contrario, se me da muy bien la cocina y… Un ruido horroroso me asusta y me hace temblar de arriba abajo; ¿dónde está la cuchara?, en el suelo. ¡¿Pero eso qué ha sido?! Y se repite… Y otra vez. Parece… Creo que Adam se ha caído al suelo, ¿pero tres veces?

Corro a la habitación y no, sigue acostado, aunque se ha incorporado un poco.

—Adam, ¿has oído eso? —le pregunto con la mano en el corazón. Antes lo tenía en la boca, menos mal que ya está en su sitio.

—Tú estás muy graciosa hoy. ¡He estornudado, joder!

—¡¿Que eso era un estornudo?! ¡Pero si parecía que se venía el edificio abajo!

No me dice nada, se limita a mirarme enfadado y doblar la almohada para estar un poco más alto.

—¿Has llamado a mi familia? ¿Saben cómo estoy? —Me paso la mano por el largo de la coleta y cuento hasta diez, creo que voy a empezar otra vez: uno, dos, tres…—. Se lo habrás dicho, ¿verdad? Es raro que mi madre no esté aquí ya.

¡Ja! Ahora sí que me ha tocado las narices. Me planto al pie de la cama y con los brazos en jarra le hablo muy clarito.

—Tus padres saben que estás resfriado y…

—Resfriado no, con una fuerte gripe —me corrige con voz nasal; cada vez se parece más a Lord Vader, a este paso lo supera.

—… y tu madre me ha puesto un mensaje diciendo que no puede venir, tiene… una cita muy importante.

Tira del edredón hasta tenerlo bajo la barbilla.

—Pues yo creo que su hijo enfermo está primero.

No lo puedo creer.

—O será que está cansada de aguantar durante años tus tonterías de enfermito, ¿no?

Me arrepiento al segundo por haberle hablado así, pero es que es el colmo. A saber lo que no habrá aguantado la pobre de Pamela, y si mi cuñado es igual que su hermano, pues tiene el cielo ganado.

—Perdona, es que cuando llamaste y dijiste que estabas enfermo… me asusté mucho. Tienes una salud de hierro. —Me acerco y me siento en la cama, a su lado, meto una mano debajo del edredón para coger las suyas y…

—¡¿Qué haces?! Estás helada —me acusa mientras se mueve para alejarse de mí—. ¿Quieres que pase de una gripe a una pulmonía doble? ¡Menuda enfermera estás hecha!

Pues ya me he cabreado.

—¡¿Disculpa?! La calefacción la he subido a veinticuatro grados, ¡estoy sudando! Así que no seas exagerado. —Me voy enfadada, pero me da cargo de conciencia. Reconozco que yo no me llevo nada bien con el tema de hospitales y agujas; así que, en parte, le comprendo, solo en parte, no nos emocionemos—. ¿Quieres que te traiga un poco de sopa? Está calentita.

Veo que sonríe y asiente. ¡Bien!, he acertado; está claro que tocando el estómago de un hombre…

—¿Es la que ha hecho mi madre?

Me giro lentamente, la mano apoyada en el pomo de la puerta. ¿Se está burlando de mí? Creo que no, esa mirada de ilusión no parece falsa.

—Sí —le contesto con una sonrisa de oreja a oreja—, me la ha mandado por teléfono entre mensaje y mensaje. Le he dicho si le quedaba un poco de su pócima mágica para enfermos insoportables y me ha mandado un precioso emoticono de una taza de caldo. ¿Quieres?

—Cuando te pones en plan sarcástico…

—¿Qué?

—Nada. Ya voy yo a por la sopa de los demonios. No te necesito ni te quiero molestar más —me recrimina, saliendo de la cama e intentando llevarse el nórdico enrollado al cuerpo, arrastrándolo hasta la puerta.

No, si tendré yo la culpa también de que esté así.

—Si no hubiésemos salido el domingo, no habría cogido el virus. —Lo que yo decía: mea culpa—. Déjame pasar.

Me aparto y lo veo andar por el pasillo hasta el salón como si fuera un fantasma, un fantasma que en vez de una sábana blanca lleva un edredón de estampado floral, hay que modernizarse. Voy tras él en plan comitiva. Se acerca a la olla, la destapa y olisquea.

—Huele bien —elogia.

—Gracias, eres muy amable —ironizo.

Lo siento, pero me ha puesto de los nervios.

—Perdona, sé que no soy fácil. Me tomaré un plato y luego las pastillas.

Y ya me ha ganado. Ahora me siento mal por mi poca paciencia con él. Yo, mejor que nadie, debería comprenderlo. Cuando nos sentimos vulnerables es normal que nos alteremos. Las defensas se bajan y eso rompe nuestro equilibrio emocional. Además, él es muy responsable en su trabajo y estoy segura de que habrá tenido que suspender alguna intervención quirúrgica o derivarla a algún colega. No tengo perdón, joder, tengo hasta ganas de llorar.

—No, mi amor, perdóname tú a mí. Estás mal y yo soy una desconsiderada. —Le abrazo, a él y al edredón extra grande, y apoya la cabeza en mi hombro. ¡Ainsss! ¡Qué ganas de achucharle! Pero mejor no, con la gripe duelen todos los huesos, y no quiero lastimarlo—. Mira, siéntate en el sofá si quieres y yo te llevo la sopita, ¿vale, mi amor?

—Te quiero, preciosa.

Me derrito. ¿Es para quererlo o no? Pues eso…

No me importa dársela cuchara a cuchara. Dicen que a los enfermos hay que consentirlos, y si encima es tu marido, al que amas locamente…

Después de la temprana cena, él se ha acostado y yo recojo la cocina; me planteo ver un poco la televisión, pero sé que no me voy a poder concentrar, así que decido ponerme mi pijama, el normal, yo no tengo el que cura, y acompañarlo. Duerme tranquilo y yo no tardaré en seguirle.

 

Siete y media de la tarde…

—Amor, ¿me puedes dar un poco más de sopa? Así aprovechas tú y cenas.

 

Nueve y cuarto de la noche…

—Kathy, ¿me traes un poco de zumo? Tengo la garganta seca.

 

Diez menos cuarto de la noche…

Yo: ¿Dónde vas?

Él: Al baño.

 

Diez y media de la noche…

—¿Me toca ya la siguiente pastilla?

 

Once y veinticinco de la «misma» noche…

—Preciosa, este zumo está caliente. ¿Me traerías otro?

Si él supiera lo caliente que yo empiezo a estar.

 

Una menos diez de la madrugada…

—¿Me toca ya la pastilla?

 

Dos y veinte de la misma madrugada.

—Se me han terminado los pañuelos. Si me levanto cogeré frío.

 

Dos y veinticinco de la madrugada, es decir, cinco minutos después.

—Estos pañuelos no; los mentolados.

 

Tres y media de la misma y exasperante madrugada.

—Ya si es hora de la pastilla, ¿verdad?

 

Cuatro y diez de la madrugada que pasará a la historia…

—¿Dónde están los pañuelos que tienen aloe vera? Se me está irritando la piel de la nariz.

 

Cinco menos cinco de esa madrugada…

—¡¡Achisssss!!

 

Cinco y diez de la madrugada. Sí, de la misma.

—¡¡Achisssss!! ¡¡Achisss!! ¡Achis!

 

Seis menos cuarto de… ¿la madrugada, de la mañana o de la tarde?…

—Preciosa, tengo calor.

 

Siete y cinco de no sé qué día…

—Amor, dormilona, vas a llegar tarde.

Abro los ojos. No, mentira. No puedo abrirlos porque… ¡NO LOS HE CERRADO EN TODA LA NOCHE! Estoy molida, me duele todo el cuerpo. Es la peor noche que he pasado en mi vida. Ni cuando trasnochaba en la universidad para preparar los exámenes, ni cuando tengo al día siguiente un juicio importante y me acuesto a las tantas… Noto la lengua como el estropajo y un incipiente dolor de cabeza, que cualquiera diría que he estado de fiesta, me empieza a martillear.

Le miro y… ¡Tiene mejor aspecto que yo, seguro! No tengo fuerzas ni para pestañear.

—Kathy, tienes mala cara.

¡¿Y qué esperaba si ha llegado un momento en el que ya no sabía si me acostaba o me levantaba?! No le contesto, será lo mejor para la paz matrimonial y mundial.

—Preciosa…

Ya, a ver qué quiere ahora. Juro que la próxima vez que se resfríe… No, que se resfríe no, en cuanto sospeche que está incubando algo, lo que sea, me da igual. Bueno, pues a lo que iba, que la próxima vez pido asilo político, médico y todo lo que se me ocurra, en casa de mis suegros. Esto es tortura… O mejor aún: le pongo un sello en la frente y se lo mando a su madre por correo certificado.

—Preciosa, te quiero.

Y claro, me gana.

—Llama, di que no vas al despacho y así descansamos. —Me atrae por la cintura y me besa en el cuello—. Te quiero, amor.

Es que hay que quererle sí o sí. Una mala noche la tiene cualquiera y no hay que tenerlo en cuenta, así que… olvidado. Le abrazo y me acurruco entrelazando mis piernas con las suyas. Besa mi frente mientras me estrecha contra él.

 

Ocho menos veinte de la mañana.

—Preciosa, ¿me traerías un café?…

 

Ocho y diez de la mañana de antes y que sigue a la infernal noche pasada.

—Cariño, ¿se te ha olvidado darme la pastilla?…

 

¿Fin?…

 

ADAM ENFERMO CON PAÑUELOS

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8 thoughts on “Médico, cúrate a ti mismo

  1. Hola por aquí.
    Bueno porque no hay emoticonos de llorar de la risa que si no….En fin que me ha guistado mucho y me reído un montón, desde luego dicen que los medicos son los peores enfermos y es una gran verdad que tu has reflejado con un toque de humor excelente, un toque de humor que tienes que explotar amiga pues pienso que harías una gran historia en ese sentido.
    Lo del pijama de estar enfermo me ha llegado al alma, es cierto que le gente tiene fectiches o que dudan si volverse a poner o no una deterninada ropa sin vestidas con ella han tenido una mala experiencia…o viceversa, pero en serio…lo del pijama de estar malo es originalismo, que bueno…..

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  2. Gracias, Pilar. Confieso que me he reído muchísimo escribiendo e imaginando estas escenas. Un pijama para cuando se está malo… En fin, cosas de Adam. La pobre de Kathy tiene un calvario por delante, jajajajajaja.
    Gracias por comentar, preciosa. Besos.
    P. S. Tomo nota de tu sugerencia, quizás una historia de humor… Hummm, habrá que pensarlo.

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  3. Estos Wadlow siempre se adueñan de nosotros. Me encantó ver esta faceta de nuestro Adam ( hombre tenía que ser 🙄) No solo nos deleitas con la historia de esta familia que día a día nos enamora más sino con las ocurrencias que solo tú Marisa eres capaz de matizar de la manera más divertida Es que vaya esto de la comedia se te da tan bien como el género romance 🤣🤣🤣🤣No he parado de reír y lo he leído dos veces . Más enamorada de Adam si es que se puede 😁Divino hasta resfriado !!!! 😘

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  4. Gracias, Ginnys. Nunca hubiéramos imaginado que Adam se comportara de esa forma. Y el aguante de Kathy… Me alegro de que te haya gustado, ha sido divertido escribirlo. Y quién sabe, tal vez tengamos alguna historia o algún personaje que nos arranque sonrisas. Gracias por tu comentario. Besos.

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  5. Marisa por dios que momento genial como me ha echo reir Adma, tan quejica por dios, bueno los hombres se ponen asi, mas regalones y exagerados, jajajaj con razon pamela no quizo ir a verlo, jajaj ame reido mucho y Kathy aguanto bien toda la noche, levantandose a cada rato, eres genial Marisa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  6. Sí, Pamela ya sabía lo que se avecinaba. La paciencia de Kathy no la tuvo ni Job, jajajajaja. ¿Pero lo será la próxima vez? Cualquiera sabe.
    Gracias por dejar tu comentario, preciosa. Me alegro de que te haya gustado.
    Besos.

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